Enseñar a escribir no fue una atribución universal de las primeras escuelas.
Muchos de estos centros se limitaron a enseñar sólo a leer y la doctrina cristiana. La escritura fue una técnica reservada a determinados alumnos y se enseñaba en una clase diferenciada, con mobiliario e instrumentos también específicos. El arte de la escritura, hasta que se democratizó, estuvo asimismo adscrito a escribanos, pendolistas y calígrafos, y no a los maestros de primeras letras.