Escrituras ordinarias
 
El aprendizaje de la escritura ordinaria, diferenciada de la canónica o caligráfica, se sirvió al principio de la pizarra manual de uso individual y el pizarrín.
 
En élla se podía escribir y borrar con facilidad. Pero la escrituras escolares necesitaban ser bien fijadas y abrirse a composiciones más complejas que lo que permitía el estrecho marco de la pizarra. Esta nueva demanda sólo pudo abrirse camino con la difusión del papel en la escuela y el cambio en el utillaje de escribir. A ello contribuyó la industria papelera, la invención y fabricación de la pluma metálica, la entrada en la escuela del lápiz de grafito y carboncillo y otras innovaciones relativas a las tinturas fluidas y  indelebles, negra o de colores.
 
En poco tiempo, los cuadernos se impusieron en la práctica escolar. En ellos se podían copiar muestras,  fijar resúmenes de lecciones, ilustrar textos con dibujos, hacer exámenes, ejercitar  composiciones personales y hasta colaborar con los compañeros, como en el caso de los cuadernos de rotación